Meximalismo de muñeca
Por Pedro Moreno Granados
Al inicio de cada semestre, antes de que los salones vuelvan a llenarse y los cuadernos
comiencen a acumular apuntes, los docentes nos reunimos para revisar lo que habrá de
acompañarnos durante los siguientes meses. Hablamos de programas, contenidos,
aprendizajes, actualizaciones y estrategias; pero también hay un momento en el que
dejamos de mirar el plan de estudios y nos preguntamos qué tema podría atravesar todas
nuestras materias. ¿Qué idea puede hacer dialogar a la historia con la literatura, a las
ciencias sociales con la filosofía, al arte con la vida cotidiana y también con la física y las
matemáticas?Nunca partimos de cero, pero sí de un tanto de ocurrencias que caen en una lluvia de ideas.
Este semestre, la respuesta comenzó con una palabra: maximalismo.
Al principio parecía suficiente. Después surgió la propuesta de hablar de maximalismo
latinoamericano y, finalmente, el concepto se transformó en Meximalismo. El cambio de una
palabra parecía pequeño, pero detrás de él había una pregunta enorme: ¿qué significa
hablar de Meximalismo? Porque explicar el Meximalismo como corriente artística ya supone
enfrentarse a una idea compleja; intentar convertirlo, además, en una forma de leer nuestra
realidad cultural parecía todavía más ambicioso. Y convertirlo en el tema transversal de
todas las materias y todos los semestres es aún más una hazaña cuyo resultado estaba
pendiente por descubrir.
Durante la última semana de planeación, antes de arrancar el semestre, la pregunta
comenzó a perseguirnos: ¿qué es el Meximalismo?
Me la hicieron a mí en más de una ocasión. Y recuerdo especialmente una de esas veces
porque, mientras alguien me preguntaba qué significaba aquella palabra que habíamos
convertido en tema común de la escuela, yo no estaba mirando un libro, una pintura ni una
exposición. Estaba mirando su muñeca.
Ahí había una pulsera roja para protegerse del mal de ojo, un escapulario, una pulsera de
margaritas, otra tejida, un ojo decorativo y otros pequeños elementos que, vistos por
separado, parecían pertenecer a historias completamente diferentes. Una tradición religiosa
junto a una creencia popular; un objeto ornamental junto a un símbolo protector; algo
heredado junto a algo elegido simplemente porque nos gustaba. Todo estaba ahí, al mismo
tiempo, sin que ninguno pareciera exigirle al otro que desapareciera.
Entonces pensé que quizá estábamos buscando la respuesta demasiado lejos.
—¿Qué es el Meximalismo? —me preguntas mientras agitas tu muñeca con esa pulsera del
ojito azul.
—¿Qué es el Meximalismo? ¿Y tú me lo preguntas? Meximalismo eres tú.
Quizá el Meximalismo comienza precisamente ahí: en nuestra capacidad cotidiana de
acumular, mezclar y hacer convivir elementos que alguna vez estuvieron separados. No se
trata solamente de tener muchas cosas, sino de construir con ellas una identidad que no necesita ser completamente coherente para sentirse propia. En unos cuantos centímetros
de piel pueden convivir la religión, la superstición, la estética, la memoria familiar, el gusto
personal y las influencias de un mundo cada vez más conectado.
Meximalismo es ella. Meximalismo soy yo.
Pero aquí aparece una primera precisión necesaria. El Meximalismo, entendido como
concepto contemporáneo, puede asociarse con una propuesta estética de exceso,
saturación y recuperación de elementos nacionales y mexicanos, como la planteada
recientemente por Dixy Rodríguez en 2023. Sin embargo, que la palabra sea reciente no
significa que aquello que intenta nombrar haya nacido con ella. El fenómeno cultural que
podemos leer hoy bajo esta idea tiene raíces mucho más profundas.
La palabra puede ser nueva; las prácticas, las mezclas y las formas de acumulación cultural
que intenta describir llevan mucho más tiempo entre nosotros.
Para acercarnos a esas raíces resulta útil mirar hacia Bolívar Echeverría y su propuesta del
«ethos barroco», desarrollada en La modernidad de lo barroco (1998). Echeverría no estaba
hablando de Meximalismo —sería forzado afirmar algo así—, pero su planteamiento ofrece
una herramienta para comprender algunas de las condiciones históricas y culturales que
permiten pensar nuestra relación con el exceso, la mezcla y la convivencia de elementos
diversos.
El barroco latinoamericano no puede entenderse únicamente como una estética importada
de Europa. En estas tierras se encontró con otras formas de mirar y representar el mundo,
con las cosmovisiones de los pueblos originarios, con sus símbolos, ornamentos y formas
de entender la existencia. A ese encuentro se sumaron las tradiciones religiosas de los
conquistadores, la arquitectura y el arte barrocos, y posteriormente una larga cadena de
intercambios culturales que hicieron de este territorio un espacio de encuentros, tensiones,
adaptaciones y transformaciones.
Pero la historia no termina ahí. Para mirar realmente todas las capas habría que poner el
fenómeno bajo el microscopio y observar también las aportaciones de los pueblos africanos
traídos durante el periodo virreinal, los intercambios entre distintas comunidades, la
presencia de poblaciones provenientes de otras regiones del mundo y las múltiples
herencias culturales que se fueron incorporando con el paso de los siglos. Después
vendrían nuevas migraciones, nuevas mercancías, nuevos medios de comunicación y,
finalmente, una globalización que hizo todavía más porosas las fronteras culturales.
Lo mexicano, entonces, difícilmente puede entenderse como una pieza única y
perfectamente conservada. Es más parecido a una acumulación de capas. Algunas son
antiquísimas; otras llegaron hace apenas unas décadas. Algunas fueron impuestas, otras
apropiadas, otras transformadas y muchas simplemente terminaron incorporándose a
nuestra vida cotidiana hasta que dejamos de preguntarnos de dónde venían.
Identidad nacional, cosmovisiones originarias, religión, estética, moda como forma de
resistencia y construcción de identidad, intercambios culturales y procesos de globalización
son algunos de los elementos que se agrupan, se mezclan y se suman dentro de esta
lectura del Meximalismo. No necesariamente para formar una unidad perfectamente
ordenada, sino para construir una identidad capaz de contener contradicciones,
apropiaciones, memorias y transformaciones.
Tal vez ahí se encuentre una de sus características más interesantes: no solamente
acumulamos objetos; acumulamos significados. Y tampoco siempre resolvemos las
contradicciones entre ellos. Aprendemos a convivir con ellas.
El escapulario no tiene que expulsar a la pulsera contra el mal de ojo. La tradición no
necesariamente elimina la moda. Una referencia extranjera no tiene que borrar una
costumbre local. Lo nuevo puede colocarse junto a lo antiguo y, con el tiempo, ambos
pueden adquirir un significado diferente.

En México, muchas veces, más es más.
Y quizá esa sea una de las primeras diferencias que podemos establecer entre el
maximalismo entendido simplemente como una estética del exceso y el Meximalismo como
una posibilidad de lectura cultural. No estamos hablando únicamente de llenar un espacio
porque sí. Estamos hablando de cómo distintos mundos pueden terminar ocupando el
mismo espacio y, en ocasiones, convertirse en parte de nuestra propia identidad.
La saturación Meximalista, por eso, no tiene que buscarse únicamente en una pintura, una
fachada, una iglesia barroca, una instalación artística o un objeto diseñado deliberadamente
desde el exceso. También está en la casa de todos los días, en la ropa que elegimos, en
aquello que llevamos en la cartera, en las imágenes que colocamos junto a la cama, en los
objetos que conservamos aunque ya no recordemos quién nos los regaló, en la comida que
preparamos y en las canciones que escuchamos.
Y es precisamente aquí donde el concepto comienza a adquirir otra dimensión.
Porque para mirar el Meximalismo cotidiano necesitamos algo que parece sencillo, pero que
hemos ido perdiendo: la capacidad de asombrarnos.
El asombro no consiste solamente en maravillarnos ante aquello que consideramos
extraordinario. Filosóficamente, puede ser también una interrupción de la costumbre. Es ese
instante en el que algo que hemos visto cien veces deja de parecernos obvio y volvemos a
preguntarnos por qué existe, de dónde viene y qué historia guarda.
Una pulsera deja de ser una pulsera y puede contar un viaje, una amistad o una necesidad
de protección.
Una taza de café deja de ser solamente una bebida. Puede convertirse en café de olla, en
exceso de canela y piloncillo, en una receta que pasa de una generación a otra, en el
recuerdo de una abuela o en la historia de una forma particular de preparar y compartir el
café.
Un altar deja de ser simplemente un altar. Puede evocar emociones, convocarnos a
reunirnos y, en México, convertirse también en una invitación a celebrar. La comida deja de
ser únicamente comida: incluso un mantel puede transformarse en bandera durante
septiembre y, en diciembre, una casa puede brillar más que el sol entre luces, adornos y
colores.
La casa misma puede convertirse en una exposición Meximalista compleja y, al mismo
tiempo, perfectamente funcional para la vida cotidiana. La vestimenta funciona de manera
parecida. Quizá de ahí venga esa expresión tan nuestra de que alguien «se colgó hasta el
molcajete». Y de los cuadernos de clase, mejor ni hablamos.
Pero esto no es una exposición de arte. Tampoco es la presencia deliberada de una estética
del exceso. Es nuestro día a día. Es la sala, el comedor, la cocina, la mochila, la muñeca o
el outfit que elegimos para salir de casa. Es aquello que vemos todos los días y que,
precisamente por verlo todos los días, hemos dejado de mirar.
Detenernos a reparar en cada elemento y, sobre todo, preguntarnos qué significa cuando
todos ellos aparecen juntos, nos coloca en un terreno filosófico: el de la pregunta, la
reflexión y la reconstrucción crítica de nuestra identidad. ¿Por qué tenemos esto? ¿De
dónde viene? ¿Quién nos enseñó a utilizarlo? ¿Por qué lo conservamos? ¿Qué significa
para nosotros? ¿Y qué ocurre cuando lo colocamos junto a otros elementos aparentemente
ajenos?
Cuando hacemos esas preguntas, lo cotidiano comienza a revelar sus capas. Descubrimos
que detrás de un objeto aparentemente insignificante puede existir una historia de comercio,
migración, religión, resistencia, moda, familia o globalización. Descubrimos que aquello que
utilizamos sin pensar puede ser el resultado de encuentros entre culturas que ocurrieron
mucho antes de que nosotros llegáramos a este mundo.
Por eso, quizá el verdadero ejercicio del Meximalismo no consiste en aprender a reconocer
el exceso, sino en aprender a mirar aquello que la costumbre volvió invisible y, de manera
consciente, saber hacerlo propio. Asombrarnos de lo ordinario. Descubrir que aquello que
considerábamos común puede esconder una historia extraordinaria.
Tal vez de eso se trate también este semestre: de conquistar el exceso de lo mexicano, no
acumulando cosas por acumularlas, sino aprendiendo a reconocer todo aquello que ya
forma parte de nosotros y que hemos dejado de mirar.
El asombro nos obliga a detenernos, a mirar nuevamente y a preguntar.
¿Qué veo realmente cuando veo algo?
Ya no veo solamente una colección de pulseras. Veo historias que se encontraron en unos
cuantos centímetros de piel. Veo creencias, afectos, modas, recuerdos, intercambios y
formas distintas de relacionarnos con aquello que no podemos explicar del todo. Veo, en
pequeño, algunas de las capas que también aparecen en una casa, en una mesa, en una
fiesta, en una ciudad y en un país.
Y quizá eso sea lo que podemos hacer nosotros también.
La próxima vez que entremos a nuestra casa, podríamos mirar nuevamente aquello que
hemos dejado de mirar. Preguntarnos por qué esa imagen está en la pared, quién nos
regaló aquella taza, por qué conservamos ese objeto, de dónde viene la receta que
cocinamos, por qué vestimos de cierta manera, qué historias hay detrás de las cosas que
llevamos puestas y qué culturas se encontraron para que hoy podamos considerarlas
simplemente nuestras. Porque cuando algo deja de parecernos obvio, comienza a aparecer
su historia; y cuando comenzamos a preguntar por esa historia, lo cotidiano se vuelve
extraordinario.
Quizá el Meximalismo no consiste en poner más cosas en el mundo, sino en
aprender a mirar todo lo que ya pusimos en él. Quizá no necesitamos llenar más nuestra
vida; necesitamos aprender a mirar todo lo que ya la llena.
Después de todo, el Meximalismo no está en una exposición, en una galería ni en un
concepto escrito en una hoja de planeación. Estaba desde el principio en aquella muñeca. Y
también estaba en nosotros: en nuestra manera de mirar, de acumular, de mezclar, de
recordar y de hacer nuestro aquello que alguna vez perteneció a otros. Porque quizá eso
sea el Meximalismo: mirar lo que tenemos delante y descubrir que, por más cotidiano que
parezca, siempre hay algo más de fondo. Que detrás de una pulsera puede haber una
creencia; detrás de una taza, una memoria; detrás de una receta, una historia; detrás de
una casa, generaciones enteras de encuentros culturales.
Y entonces volvemos, casi sin darnos cuenta, a la pregunta con la que comenzó todo: ¿qué veo realmente cuando veo algo?
Referencias:
Echeverría, B. (1998). La modernidad de lo barroco. Ediciones Era.
México Desconocido. (s. f.). Meximalismo: la vanguardia que celebra el color y...




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